JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Señorita, más raro es que vos tengáis escrúpulos, cuando yo no los tengo. Bien hayan las cándidas jóvenes que saben lo que es malo y lo conocen, por ocultado que esté, cuando nadie habÃa dado en ello. ¡Bien haya la doncella sencilla y casta que hace ruborizar a un granadero como yo!
Andrea ocultó su confusión con sus blancas manos, murmurando:
—¡Oh, hermano mÃo, si no te encontraras tan lejos!
Oyó Taverney estas palabras, o las adivinó con esa maravillosa perspicacia que hemos visto en él. Imposible es saberlo; pero la verdad es que varió de tono al instante, y cogiendo las dos manos de Andrea, dijo:
—Vaya, niña, ¿no es amigo tuyo tu padre?
Una dulce sonrisa rompió las nubes aglomeradas en la hermosa frente de Andrea.
—¡Aquà estoy yo para quererte y darte consejo! ¿No es una honra para ti contribuir a labrar la fortuna de tu hermano y la mÃa?
—¡Oh!, ciertamente —dijo Andrea.
El barón concentró en su hija una mirada llena de caricias, y prosiguió: