JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Gilberto no era curioso por lo que respecta a Nicolasa; pero al ver en ella su enemiga natural, hacía lo posible por reunir contra su moralidad una multitud de pruebas con que pudiera rechazar victoriosamente el ataque, si Nicolasa le atacaba.
Una cita, pues, de Nicolasa con un hombre, y además en Trianón, era una de esas armas que un contrario tan inteligente como Gilberto no podía dejar de recoger, sobre todo teniendo como tenía Nicolasa la imprudencia de soltarla a sus pies. Gilberto, pues, se decidió a escuchar, y llegó al jardín que conocía palmo a palmo y se agazapó en un sitio desde el cual podía escuchar a los dos amantes.
Apenas se había instalado Gilberto en su escondrijo, cuando llegó a su oído un ruido argentino, no siendo otro que el que hace el oro sobre la piedra, ese sonido metálico de que nada más que la realidad puede dar una idea exacta.
Y arrastrándose como una culebra, observó a Nicolasa que vaciaba en la piedra el dinero que había recibido del duque de Richelieu.
Los luises brillaban al caer sobre la piedra, y M. de Beausire, con los ojos encendidos y temblándole todo el cuerpo, miraba con atención, a Nicolasa unas veces, y otras las monedas, sin llegar a comprender cómo la una poseía las otras.
Nicolasa fue la primera en hablar, diciendo: