JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico En aquella lucha, la Naturaleza quedó vencida, Andrea no pudo sacudir el resto de voluntad que Balsamo dejó por olvido en ella, y exhalando un gemido cayó sobre la arena, en el instante que un rayo cruzaba la atmósfera.
Pero apenas había caído, cuando Gilberto, tan ágil y vigoroso como un tigre, se lanzó hacia ella, la cogió en brazos, y sin advertir que necesitaba sostener una carga pesada, la condujo al aposento que había dejado para obedecer al llamamiento de Balsamo, y en el que todavía continuaba ardiendo la bujía junto al lecho desbaratado.
Gilberto encontró todas las puertas abiertas como las había dejado Andrea.
Al entrar tropezó con el sofá, y como era consiguiente, colocó en él a la joven, fría e inanimada.
El contacto de aquel cuerpo inanimado inflamó la sangre del joven.
Su primera idea, sin embargo, fue casta y pura; era necesario antes que nada volver a la vida aquella hermosa estatua, y buscó con la vista la garrafa para echar a Andrea en el rostro algunas gotas de agua.
Pero en aquel momento, y al tiempo de extender su temblorosa mano para apoderarse de la botella de cristal, le pareció que un paso firme a la par que ligero hacía crujir la escalera de madera y ladrillos, que conducía al aposento de Andrea.