JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Que no me incumbe eso; dirigÃos a un procurador y sentad una demanda, porque a mà no me gusta mezclarme en asuntos de casados.
Y al decir esto M. de Sartine hizo con la mano un gesto de despedida.
Lorenza no se movió.
—¿No habéis oÃdo? —preguntó M. de Sartine asombrado.
—No he concluido —contestó la joven—, y cuando vengo aquà debéis suponer que no será para quejarme de una cosa frÃvola, sino para vengarme. Ya os he dicho de qué paÃs soy, y ahora agrego que mis compatriotas se vengan y no se quejan.
—Eso es diferente —dijo M. de Sartine—; pero apresuraos, hermosa señora, porque el tiempo es para mà muy precioso.
—Os he dicho que vengo a implorar vuestra protección; ¿me la otorgáis?
—¿Contra quién?
—Contra el hombre de quien deseo vengarme.
—¿Es poderoso?
—Más que un rey.