JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico M. de Sartine no pudo oÃr esto con calma, y se quitó la peluca y se enjugó el cráneo, cubierto completamente de sudor.
—A pesar de eso —dijo—, procederé contra vos; perdedme si es que podéis, pues si vos tenéis pruebas, también las tengo yo. Conservad vuestro secreto, pues, que yo conservaré el cofre.
—Caballero —repuso Balsamo—, este es otro error en que me admiro incurra un hombre de tanta fuerza de entendimiento. Esta cajita…
—¿Qué hay con esta cajita?
—Que no la retendréis.
—¡Oh! —exclamó M. de Sartine sonriéndose irónicamente—; es cierto se me habÃa olvidado que el señor conde de Fénix es un caballero que acomete a mano armada como los salteadores de caminos. Perdonadme, señor embajador, si no os habÃa visto la pistola que os habéis vuelto a guardar…
—Aquà no se trata de pistolas, señor de Sartine. No creáis voy a trabar con vos una lucha para arrebataros a la fuerza ese cofre, pues aún no habrÃa llegado a la escalera, cuando ya habrÃais tocado la campanilla y dado la voz de ladrones. ¡No! Cuando afirmo que no conservaréis el cofre, debe entenderse que vais a devolvérmelo vos con mucho agrado.