JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Aún no habÃa concluido de hacer el teniente de policÃa un gesto de supremo desdén, cuando abrió la puerta presuroso un ayuda de cámara y dijo:
—Monseñor, la señora condesa du Barry solicita hablaros.
M. de Sartine se estremeció y miró estupefacto a Balsamo, quien usaba de todo el poder que tenÃa sobre sà para no reÃrse en las barbas del ilustre magistrado.
En aquel instante una dama entró detrás del ayuda de cámara, porque sin duda no necesitaba permiso, y se acercó rápidamente, esparciendo un suavÃsimo perfume: era la hermosa condesa, cuyo elegante traje crujÃa suavemente.
—¿Sois vos, señora? —preguntó M. de Sartine, quien por un resto de terror habÃa desprendido la mano del cofre y lo apretaba contra su pecho abierto y todo.
—Buenas noches, Sartine —respondió la condesa con su encantadora sonrisa.
Y volviéndose al punto hacia Balsamo, añadió:
—Buenas noches, querido conde.
Y extendió la mano a este último, quien se inclinó familiarmente y estampó sus labios en aquella blanca mano en que tantas veces habÃa estampado los suyos el Rey.