JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Al inclinarse Balsamo, aprovechó la ocasión para decir en voz baja cuatro palabras que no pudo oÃr M. de Sartine.
—¡Ah!, aquà está mi cofre —exclamó la condesa.
—¡Vuestro cofre! —murmuró M de Sartine.
—Sin duda, mi cofre, ¡toma!, y lo habéis fracturado; ¡vaya una franqueza!
—Pero, señora…
—¡Oh! ¡Qué buena idea se me ha ocurrido…! Me habÃan robado este cofre y me dije a mà misma: «Es necesario ir a casa de Sartine, pues él lo encontrará». Pero no habéis atendido a mi reclamación por haberlo hallado antes; os lo agradezco.
—Ya veis —dijo Balsamo—, que hasta lo ha abierto.
—SÃ, ya lo veo… ¿puede darse una cosa peor? Sartine, habéis procedido muy mal.
—Señora, salvo el respeto que os tengo —dijo el teniente de policÃa—, temo que os dejéis intimidar.
—Intimidar, caballero —dijo Balsamo—. ¿Lo decÃs tal vez por mÃ?
—Yo sé lo que me hago —repuso M. de Sartine.