JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Oh! —dijo Balsamo—, será necesario que cierre para siempre esos ojos que me están mirando de un modo tan tierno, esos hermosos ojos que despiden rayos cuando no están inundados de amor.
Una dulce sonrisa asomó a los labios de Lorenza.
—Pero matando a la mujer que me odia —continuó Balsamo retorciéndose los brazos—, ¡mato también a la que me ama!
Y su corazón se inundó de profundo sentimiento, mezclado con un deseo vago y extraño.
—No, es imposible, no puedo matarla; pero vivirá sin despertar jamás, en esa vida ficticia en que ahora está.
Y diciendo esto la envolvió en una dulce mirada.
En aquel momento, Lorenza; que parecÃa que leÃa en el pensamiento de Balsamo, exhaló un profundo suspiro, se levantó suavemente, y con la graciosa lentitud del que está dormido fue a enlazar sus blancos y torneados brazos al cuello de Balsamo, quien sintió su embriagador aliento a dos dedos de distancia de sus labios.
—No, aparta, esta vida de placer me encadenarÃa y me verÃa precisado a renunciar a la gloria, a la inmortalidad.
Balsamo luchó largo rato; por fin murmuró:
—Lorenza, Lorenza, estás predestinada a amar y a morir. ¡Lorenza, Lorenza!, en mis manos está tu vida y tu amor.