JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Qué te pasa, barón, que estás más triste que un muerto?
—¿Triste? —dijo Taverney—, ¿triste?
—SÃ, pardiez, porque me figuro que el suspiro que acabas de exhalar no es de alegrÃa.
El barón contempló al mariscal con un aire que querÃa decir que mientras Rafté permaneciese allà no explicarÃa la causa de aquel suspiro.
Rafté lo entendió sin tomarse el trabajo de volverse, porque también él, igualmente que su amo, miraba de vez en cuando los espejos, y se retiró.
El barón le siguió con la vista, y asà que se cerró la puerta tras él, dijo:
—Duque, no me encuentro triste, sino mortalmente inquieto.
—¡Bah!
—SÃ, parece que te admiras. Pronto hace un mes que me estás conllevando con palabras vagas, como por ejemplo: «no he visto al rey»; o bien «el rey no me ha visto»; o bien también: «el rey no me pone buena cara». ¡Vive Dios, duque, que no es asà como se responde a un amigo antiguo! ¡Es necesario que tengas entendido que un mes es una eternidad!
Richelieu se encogió de hombros.
—¿Y qué quieres que haga yo? —replicó.
—Decirme la verdad.