JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Puesto que la señorita de Taverney no me acusa, no hay medio de descubrir el delito. Además, yo he visto al rey en el aposento de Andrea, y en caso necesario manifestaré cuanto he presenciado, delante del hermano, y a pesar de la negativa de Su Majestad, me darán crédito… SÃ, pero este serÃa un partido muy peligroso… Callaré, pues, porque el rey tiene sobrados medios para probar su inocencia o anular mi testimonio. Pero a falta de rey, cuyo nombre no puede ser invocado en todo esto, so pena de prisión perpetua o de muerte, ¿no tengo a ese desconocido, por quién aquella misma noche bajó al jardÃn la señorita de Taverney?… ¿Cómo se defenderá ese? ¿Cómo han de adivinar quién es, y aun cuando lo adivinen, cómo lo han de hallar? Ese es un hombre ordinario, yo valgo tanto como él y me defenderé en su contra. Por otra parte, ni siquiera se piensa en mÃ; sólo Dios me ha visto —agregó riéndose con amargura—. Pero ese Dios que tantas veces vio mis lágrimas y pesares sin decir nada, ¿por qué habrá de cometer la injusticia de revelarme en esta ocasión, la única que me ha proporcionado de ser tan feliz?… Y luego, si el delito existe, suyo es y no mÃo, pues M. de Voltaire demuestra perfectamente que ya no hay milagros. Me he salvado y estoy tranquilo, porque nadie sabe mi secreto. El porvenir es mÃo.