JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico José Balsamo
—Tomad este papel, id y no vaciléis.
—Caballero —dijo—, como llegue a deberos semejante felicidad seréis el Dios a quien adoraré en la tierra.
—Solamente hay un Dios a quien es necesario adorar —respondió Balsamo con voz grave—, y ese Dios no soy yo.
—Voy a suplicaros otro favor, y será el último.
—Decidlo, pues.
—Que me entreguéis cincuenta libras.
—¿Me pedÃs cincuenta libras disponiendo de trescientas mil?
—Estas trescientas mil libras no serán mÃas —dijo Gilberto—, hasta que la señorita Andrea consienta en ser mi esposa.
—¿Y qué queréis hacer con esas cincuenta libras?
—A comprar un traje decente conque poderme presentar.
—Tomad, amigo, aquà tenéis —dijo Balsamo. Y después de entregarle las cincuenta libras lo despidió.