JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico En efecto, aunque Gilberto habÃa vivido muy lejos de la sociedad en que se agitaba, adivinaba por instinto que trescientas mil libras en el bolsillo son una coraza muy segura. Lo que más temor le infundÃa era ver sufrir a Andrea.
Entró, pues, en los jardines, mirando, no sin orgullo, que sentaba bien a su fisonomÃa, a todos aquellos obreros, ayer compañeros suyos, y hoy inferiores a él.
La primera pregunta recayó sobre el barón de Taverney, para lo cual se dirigió, como era consiguiente, al joven que estaba de servicio en el departamento de la servidumbre.
—No está el barón en Trianón —contestó este.
Gilberto titubeó un momento.
—¿Y el señorito Felipe? —preguntó.
—¡Oh!, se ha marchado con la señorita Andrea.
—¡Marchado! —exclamó Gilberto espantado.
—SÃ.
—¿Conque la señorita Andrea se marchó?
—Hace cinco dÃas.
—¿A ParÃs?
El muchacho hizo un movimiento que significaba:
—¡Yo qué sé!