JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Cómo que no lo sabes! —exclamó Gilberto—. ¿Se ha ido la señorita Andrea sin que se sepa adónde? No obstante, no se habrá ido sin motivo.
—¡Vaya una brutalidad! —respondió el muchacho sin respetar el traje color de castaña de Gilberto—; ya se ve que no se ha marchado sin motivo.
—¿Y por qué se ha ido?
—Por variar de aires.
—¿Por variar de aires? —repitió Gilberto.
Inútil era preguntar más, siendo indudable que el muchacho habÃa dicho cuanto sabÃa acerca de la señorita de Taverney.
Y no obstante, estupefacto Gilberto, no podÃa dar crédito a lo que oÃa, de suerte que corrió al cuarto de Andrea, pero halló la puerta cerrada.
Trozos de cristal, montones de paja y heno, y el hilo con que se cosen los jergones, de todo lo cual estaba lleno el corredor, revelaban que los vecinos del cuarto se habÃan mudado.
Entró Gilberto en su buhardilla, la cual se encontraba en el mismo estado en que la dejó.
Estaba abierta la ventana de Andrea para que se ventilase la habitación, de manera que Gilberto pudo penetrar con la vista hasta la antesala.
Todo estaba absolutamente vacÃo.