JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Después, como un loco, se lanzó de la buhardilla, bajó la escalera como si tuviese alas, penetró en el bosque tirándose de los cabellos, y exhalando gritos e imprecaciones se dejó caer en medio de la maleza, maldiciendo la vida y a los que se la habían dado.
—¡Oh!, se acabó, se acabó —decía—. Dios no consiente que vuelva a encontrarla, sino que me muera de remordimiento, de desesperación y de amor. Así es cómo expiaré mi delito; así es cómo podré vengar a la que he ultrajado… ¿Pero dónde estará? ¿En Taverney? ¡Oh! Iré allá, iré. Iré hasta el fin del mundo y subiré hasta las nubes si es necesario. ¡Oh!, ya daré con sus huellas y la seguiré, aunque me quede en el camino muerto de hambre y de cansancio.
Aliviado poco a poco de su dolor con la explosión de ese mismo dolor, se incorporó Gilberto, respiró con más libertad, miró en torno suyo con aire no tan esquivo y emprendió a paso lento el camino de París.
Invirtió cinco horas en andar el camino.
—El barón —decía para sí con cierto viso de razón— tal vez no haya dejado París y le hablaré. Respecto a la señorita Andrea, se ha ido porque no podía permanecer en Trianón; pero cualquiera que sea el sitio adonde haya marchado, su padre lo sabrá; una palabra suya me indicará su rastro; y después, si consigo vencer su avaricia, ya llamará a su hija.