JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Tomadas estas disposiciones, Gilberto, siempre exacto, volvió a París dos horas después de haber terminado su licencia, no teniendo nada de particular que ya que está de vuelta nos digan los lectores por qué escogió Gilberto, con preferencia a cualquier otro punto, la aldea de Villers-Cotterêts.

Era bajo la influencia de Rousseau.

Este nombró una vez el bosque de Villers-Cotterêts, como uno de los más ricos en vegetación que existían, diciendo que en él había tres o cuatro aldeas escondidas como nidos en lo más hondo de la espesura.

Y por lo tanto, no era posible fuesen a descubrir el hijo de Gilberto en una de aquellas aldeas.

Gilberto oyó contar al filósofo los detalles de las costumbres de los habitantes de las cabañas, y trasladar con esos rasgos de fuego con que animaba a la Naturaleza desde la sonrisa del ama de cría hasta el balido de la oveja, desde el sabroso olor de la sopa de ajos hasta los perfumes de las moreras silvestres y los morados brezos.

—Iré allá —dijo Gilberto—, y mi hijo crecerá a la sombra de las arboledas en que el maestro ha tenido deseos y exhalado suspiros.

Inmenso, fue, pues, su júbilo cuando adelantándose a sus deseos M. Niquet le nombró a Haramont como una aldea que se amoldaba perfectamente a sus intenciones.


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