JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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«—Todos tendremos que envidiar su suerte, señora, pero nos guardaremos de perturbarle en la prosperidad que le ha cabido; y no obstante estar sujeto por su consigna y empeño, le dejaremos libre de una y otra obligación, para que marche a París al mismo tiempo que Vuestra Alteza Real».

—Efectivamente, recibí orden de montar a caballo y acompañar a la princesa el día mismo que esta salió de Estrasburgo, y desde entonces no he abandonado la portezuela de su carruaje.

—¡Eh!, ¡eh! —dijo el barón con su eterna sonrisa—, sería extraño… aunque no imposible…

—¿Qué, padre mío? —preguntó con naturalidad el joven.

—¡Oh!, yo me entiendo… —replicó aquel—, yo me entiendo… ¡eh!, ¡eh!

—Pero, hermano mío —dijo Andrea—, aún no comprendo la causa que obliga a la señora princesa a detenerse en Taverney.

—Escucha: anoche, sobre las once, llegamos a Nancy, y cruzamos la ciudad a la luz de los hachones, cuando la princesa me llamó para manifestarme que deseaba caminar más aprisa. Hice seña a los de la escolta, que se apresuraron a obedecer. Entonces añadió:

«—Quiero salir mañana muy temprano».

«—¿Vuestra Alteza querrá tal vez hacer mañana una larga jornada?».


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