JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —SÃ, pero no quedará contenta de mis sillones que le estropearán los huesos, ni con mis techos que le entristecerán. ¡Lleve el diablo esos caprichos…! ¡Estamos bien! ¡La Francia estará bien gobernada por una mujer con tales antojos…! ¡Qué tal! ¡He ahà la aurora de un reinado venturoso!
—¡Dios mÃo!, ¡que digáis semejantes cosas de una princesa que nos honra con exceso…!
—Di más bien que nos deshonra —gritó el anciano—. ¿Quién va a acordarse ahora de los Taverney? ¡Nadie! El nombre de nuestra familia se sepultó bajo las ruinas de Casa-Roja, y nunca esperé que de allà saliera hasta que la ocasión fuese propicia; pero no; hice mal al creerlo asÃ: el capricho de una niña, va a resucitarle empañado, lleno de polvo, mezquino y miserable; y las gacetas siempre en acecho de todo lo ridÃculo, para propagarlo con escándalo, pues de ese modo comen, consignando en sus innobles columnas la visita de la gran princesa en el zaquizamà de Taverney. ¡Vive Cristo…!, haré lo que he meditado.
Pronunció el barón con entonación tan diabólica sus últimas palabras, que los dos jóvenes se llenaron de asombro.
—Padre, ¿qué vais a hacer? —preguntó Felipe.