JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Digo —contestó Taverney mascullando las palabras—, que yo me entiendo, y que si el duque de Mediana incendió su palacio para quemar a una reina, bien puedo pegar fuego a un casucho para dispensarme de tener que recibir a una princesa… Dejad que venga.
Los dos hermanos, que sólo entendieron las últimas palabras, se miraban inquietos.
—Dejadla venir —repitió el barón.
—Pues debe tardar breves instantes —repuso Felipe—. Tomé la vereda que atraviesa los bosques de Pierrefitte para ganar algunos minutos a la escolta; pero esta debe estar ya muy cerca.
—Pues entonces no hay tiempo que perder —añadió Taverney.
Y tan ligero como si tuviera veinte años, salió de la sala, entró presuroso en la cocina, y sacando del fogón un leño ardiendo, se dirigió corriendo hacia los trojes, atestados de paja, alfalfa y habichuelas secas. Ya acercaba el fuego a los haces de forraje, cuando Balsamo apareció, y le detuvo el brazo.
—¿Qué hacéis, caballero? —le dijo arrebatando con violencia el leño de las manos del anciano—: La archiduquesa de Austria no es un condestable, cuya presencia mancille y denigre una casa, hasta el extremo de pegarle fuego antes de dejarle poner en ella los pies.