JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Sin sonreÃr como acostumbraba, el anciano se detuvo, pálido y tembloroso. HabÃale sido necesario reunir todas sus fuerzas para adoptar por punto de honor (al menos asà lo creÃa), una decisión que convertÃa su medianÃa, aún tolerable, en una absoluta miseria.
—Id, señor barón, id —continuó Balsamo—; pues apenas tenéis el tiempo preciso para despojaros de esa bata y vestiros con decencia. El barón de Taverney era, cuando le vi en Philippsburg, caballero gran cruz de San Luis. No conozco traje que no parezca rico y elegante con esa condecoración.
—Pero, caballero —repuso Taverney—, de esa manera la princesa verá lo que querÃa que vos mismo ignoraseis, y es que soy un infeliz.
—Descuidad, barón; de tal modo se la distraerá que ni aun podrá reparar si vuestro castillo es nuevo o viejo, rico o pobre. Sed más hospitalario, que a ello estáis obligado como caballero. ¿Qué harán los enemigos de Su Alteza Real, que por cierto son muchos, si los amigos incendian sus casas para no admitirla bajo su techo? No adelantemos las enemistades futuras: cada cosa a su tiempo.
Resignado, obedeció Taverney, y unióse a sus hijos, que inquietos por su ausencia, le buscaban en todas partes.
Retiróse Balsamo con el más misterioso silencio, como para terminar alguna obra comenzada.