JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Conseguiríamos difícilmente hacer la exacta descripción de sus ojos que, aun sin estar dotados de extraordinaria belleza, podían expresar todas las sensaciones, y en su mirada poseían la facultad de volverse a su antojo, tan pronto dulces y afables, como imperiosos y altaneros. Su nariz era bien formada; el labio superior, encantador y gracioso; pero el inferior, aristocrática herencia de diecisiete Césares, excesivamente grueso y caído, contrastaba algún tanto con las demás facciones de aquel hermoso rostro, y sólo convenía con ellas cuando en su semblante se dibujaba la expresión de la cólera o de la indignación. Su tez era admirable; vélasele circular la sangre bajo el tejido delicado de su piel; el pecho, la garganta y espaldas, eran de asombrosa belleza, y sus manos, verdaderamente reales. Su paso, ora se mostraba altanero, noble y algún tanto apresurado; ora por el contrario, afeminado, muelle y aun cariñoso. Jamás mujer alguna saludó con más coquetería, ni reina con más majestad. Con inclinar su cabeza una sola vez ante diez personas, todas quedaban satisfechas, y a todas daba lo que les correspondía con aquella única reverencia. La sonrisa y la mirada expresaban ventura y satisfacción, y se hallaba al parecer decidida a no manifestarse como princesa en todo aquel día. Dulce tranquilidad brillaba en su semblante, y sus ojos hallábanse animados de la más encantadora bondad. Vestía un traje de seda blanco, y una manteleta de espesos encajes pendía graciosamente de sus brazos, completamente desnudos.


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