JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Apenas puso el pie en el suelo, volvióse con el objeto de dar la mano a una de sus damas de honor de avanzada edad, y rechazando el brazo con que le brindaba el caballero con vestido negro y cordón azul, se adelantó, tendiendo ávidas miradas a cuanto la rodeaba. Su corazón tomó desconocida expansión, y parecía aprovecharse completamente de aquella libertad que tan raras veces disfrutara.
—¡Oh!, ¡qué delicioso es este sitio!, ¡qué hermosa la arboleda!, ¡qué linda es esa casita!, ¡dichoso el que respira este aire tan perfumado y puro, y puede vivir bajo la sombra de estos árboles!
En esto llegó Felipe de Taverney, seguido de Andrea, con sus cabellos trenzados y un traje de seda gris, que daba el brazo al barón, vestido con elegante frac de terciopelo azul, últimos restos de su antigua grandeza, sin olvidar, según la recomendación de Balsamo, su gran cruz de San Luis.
La princesa detúvose al descubrir aquellas personas que avanzaban hacia ella, y en torno suyo se agrupó su corte, compuesta de oficiales con los caballos del diestro, y cortesanos con los sombreros en la mano, sosteniéndose unos en los brazos de los otros y hablándose al oído.
Acercóse Felipe con profunda emoción, y con una nobleza que encerraba algo de melancolía: