JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico El barón, dominado por la idea que le agitaba, permanecÃa asustado al ver aquella muchedumbre que iba a invadir su pequeña casa, en que faltarÃan los asientos, cuando la princesa le sacó de su perplejidad, pues dirigiéndose a los que componÃan su escolta:
—Señores —dijo—, no sufriréis la inoportunidad de mis antojos, ni tampoco quiero que disfrutéis del privilegio de una princesa: por tanto, tendréis la bondad de aguardarme aquÃ, volveré antes de una hora. Acompañadme, mi querida Lanjershausen, —añadió en alemán a la señora a quien habÃa ayudado a descender del coche—. Venid vos también, prosiguió dirigiéndose hacia el caballero vestido de negro. Este, que aun con la sencillez de su vestido sobresalÃa por su elegancia, tendrÃa a lo sumo treinta años, buen semblante y aire agradable. Apartóse al oÃr la orden de la princesa, para dejarla libre el paso. Esta llamó a Andrea, e hizo una seña a Felipe para que se aproximase a su hermana.
El barón quedó en compañÃa de aquel personaje, ilustre seguramente, a quien la princesa concedÃa el honor de seguirla.
—¿Conque sois un Taverney Casa-Roja? —dijo este al barón, tocando con impertinencia aristocrática su magnÃfica pechera de encaje inglés.
—Reveladme vuestro tratamiento para contestaros —repuso aquel con un descaro semejante al del caballero vestido de negro.