JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Podéis llamarme lisa y llanamente prÃncipe o vuestra eminencia; como os acomode.
—Pues, sÃ: digo a vuestra eminencia que soy un verdadero Taverney Casa-Roja —contestó el barón sin dejar el tono de burla que pocas veces olvidaba.
Su Eminencia, que tenÃa aquel tacto escrupuloso de los grandes señores, conoció que el que con él conversaba, no era, como se habÃa imaginado, un hidalgo cualquiera.
—¿Este castillo será vuestra casa de recreo en la temporada de verano?
—Y en invierno también —replicó Taverney, deseando evitar aquellas desagradables preguntas, y acompañando sin embargo cada respuesta con una refinada cortesÃa.
Mientras, Felipe volvÃa de vez en cuando la vista llena de inquietud hacia su padre. La casa principiaba en efecto a verse, amenazando revelar irónica y despiadadamente su pobreza. Ya señalaba con resignación el barón hacia el umbral, cuando la princesa, volviéndose hacia él, le dijo:
—Perdonadme, caballero, si no entro: de tal modo me agradan estas sombras, que en ellas pasarÃa gustosa todo lo que me resta de vida. Estoy cansada de salones, y hace quince dÃas que en ellos me reciben; a mà a quien sólo agradan el aire, la arboleda y el aroma de las flores.