JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Y dirigiéndose a Andrea:

—Tendréis la bondad de ordenar que me traigan una taza de leche bajo estos frondosos árboles.

—¡Cómo —dijo el barón con una palidez mortal—, nos atreveríamos a ofrecer a Vuestra Alteza tan miserable colación…!

—Prefiero a todo leche y huevos frescos, pues de esto se componían mis banquetes.

La-Brie, radiante y henchido de orgullo con una magnífica librea y una servilleta en la mano, presentóse tras un emparrado de jazmines, a cuya sombra hacía ya algunos instantes que la princesa deseaba sentarse.

—Su Alteza Real está servida —dijo con acento tan sonoro como respetuoso.

—¡Cómo! Según veo, esta casa es de algún hechicero —dijo la princesa riendo; y se dirigió rápidamente hacia el odorífero emparrado.

Con extraordinaria inquietud y olvidando la etiqueta, el barón siguió a María Antonieta, abandonando al caballero a quien acompañaba.

Felipe y Andrea se observaban con admiración y ansiedad.

La princesa dio un grito de sorpresa, al llegar bajo los verdosos arcos, y el barón no pudo reprimir un suspiro de satisfacción. Andrea, dejando caer sus manos, parecía querer decir en su asombro:

—¿Qué significa esto, Dios mío?


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