JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico MarÃa Antonieta observó aquella pantomima; su inteligencia podrÃa descubrir aquellos misterios, si su corazón no se los hubiera ya revelado.
Bajo las frescas enredaderas formadas por clefátidas, jazmines y madreselvas, de cuyos nudosos tallos nacÃan multitud de frondosas ramas, habÃa una mesa, que deslumbraba por el brillo del cincelado servicio de plata sobredorada, y la blancura de los manteles de damasco que la cubrÃan.
Diez cubiertos esperaban a otros tantos convidados.
Una exquisita merienda atrajo al punto, por su singularidad, la atención de la princesa.
Frutas exóticas rociadas de azúcar, dulces secos de todos los paÃses, bizcochos de Alepo, naranjas de Malta, limones y toronjas de extraordinario tamaño colocadas en anchas copas, componÃan la merienda. En fin, los vinos más exquisitos y notables, por su origen, brillaban con los diversos matices del rubà y del topacio en cuatro magnÃficas garrafas, vaciadas y grabadas en Persia.
Un jarro de plata sobredorada contenÃa la leche que la princesa habÃa pedido.
Observó en torno suyo, y vio a sus huéspedes pálidos y azorados. Los de la escolta se admiraban y regocijaban, sin comprender nada.