JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Me esperabais, caballero? —preguntó la princesa al barón de Taverney.
—¿Yo, señora? —se atrevió a balbucear este.
—Es claro; no es posible hacer semejantes preparativos en el espacio de diez minutos que hace que llegué a vuestra casa.
Al concluir esta frase, miró a La-Brie como dando a entender:
—¡Y con sólo ese criado!
—Señora —contestó Taverney—, es verdad que esperaba a Vuestra Alteza Real, o mejor dicho, estaba advertido de su llegada.
—¿Os ha escrito vuestro hijo? —preguntó aquella señalando a Felipe.
—No, señora.
—Nadie sabía que hubiese de detenerme aquí, y casi diré que aun yo misma lo ignoraba; pues deseando ocultarme ese capricho, para no motivar la molestia que causo, hasta esta noche pasada no he hablado de ello a vuestro señor hijo, quien hace una hora escasa se separó de mí, y sólo habrá podido adelantárseme unos minutos.
—En efecto, señora, un cuarto de hora cuando más.
—Será una hada la que os revelará todo esto, la madrina de esta señorita quizás —añadió María Antonieta, sonriendo y mirando a Andrea.