JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Señora —dijo el barón invitándola a sentarse—, no ha sido una hada la que me ha noticiado tan fausto suceso, es…
—¿Es…? —repitió la princesa advirtiendo que aquel balbuceaba.
—Un hechicero.
—¡Un hechicero! ¡Cómo!
—Nada podré deciros, puesto que nada entiendo de magia, pero sà deberé afirmar que a él sólo debo haber podido recibiros y obsequiaros con alguna decencia.
—Pues ya que esta colación es obra de hechicerÃa, a nada tocaremos; y Su Eminencia se ha dado mucha prisa —continuó dirigiéndose al caballero del vestido negro—, en partir ese pastel de Estrasburgo, pues aseguro no lo hemos de probar. Y vos, amiga mÃa —añadió a su camarista—, desconfiad como yo de ese vino de Chipre.
Mientras asà hablaba llenó un cubilete de oro, del agua que tenÃa una garrafa de cristal redonda como un globo.
—Ciertamente —dijo Andrea con asombro—, su Alteza tiene quizá razón…
EstremecÃase sorprendido Felipe, e ignorando los acontecimientos de la vÃspera, miraba alternativamente a su padre y a su hermana, pretendiendo adivinar en sus semblantes lo que ellos mismos ignoraban.