JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Faltáis, señor cardenal —dijo la princesa—, a los dogmas de la religión.
—Señora —repuso el prelado—; nosotros, prÃncipes… de la Iglesia, somos excesivamente mundanos para creer que las cóleras celestes se estrellen sobre vituallas, y muy humanos para echar al fuego a un hechicero por obsequiarnos con tan ricos manjares.
—No os burléis, monseñor —interrumpió el barón—. Juro a Vuestra Eminencia, que el autor de cuanto tenéis delante, es un hechicero, el cual me profetizó con una hora de anticipación la llegada de Su Alteza y de mi hijo.
—¡Una hora antes! —repitió la princesa.
—SÃ, a lo sumo.
—¿Y pudisteis durante ese tiempo preparar esta mesa y poner en contribución las cuatro partes del mundo para reunir estas frutas y traer vinos de Tokey, Constanza, Chipre y Málaga? Si es como lo afirmáis, sois vos más hechicero que ese a quien os referÃs.
—No, señora; ha sido él y siempre él.
—¡Cómo!, ¿aseguráis que él?…
—Ha hecho brotar de la tierra esta mesa, tal cual la veis.
—¿Podéis jurarlo? —preguntó MarÃa Antonieta.
—Por mi fe de caballero —contestó Taverney.