JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Aquello era, sin duda, un enigma, que únicamente podÃa comprender el cardenal; pero no pudo disimular su turbación. Tampoco debemos negar, que la mirada tan dulce de la princesa, se habÃa encendido al hablarle en una forma que anunciaba una tormenta interior.
Sin embargo, sólo brilló el relámpago, y MarÃa Antonieta, algo más tranquila, prosiguió:
—Vamos, señor Taverney, para completar la fiesta presentad a ese hechicero. ¿Dónde está? ¿En qué cajita le tenéis oculto?
—Creo —replicó el barón—, que él sà que podrÃa ocultar en una cajita a mà y a toda la casa.
—Lo cierto es, que vais excitando mi curiosidad. Llamadle, deseo verle.
El barón, que seguÃa de pie junto a sus hijos, conoció que el acento con que la princesa pronunciaba estas palabras, no admitÃa réplica, a pesar de ir acompañadas del mayor agrado. Hizo, por tanto, una señal a La-Brie, que en vez de servir, observaba a todos aquellos ilustres personajes, y manifestaba con aquella contemplación, hallarse compensado de veinte años de atraso en el pago del salario.
Como La-Brie levantase la cabeza, Taverney le dijo:
—Id y anunciad al señor barón José Balsamo, que Su Alteza Real, la princesa MarÃa Antonieta, desea conocerlo.