JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Nunca adivinarás lo que pienso de ti: ¡resolverme yo, yo, cuyo carácter es como sabes, tan libre e independiente como el tuyo, resolverme, repito, a enterrarme aquí, cuando París me aguarda! París, que será mi teatro, ¿entiendes?, ¡resolverme a ver cada día, cada año y toda la vida, ese frío e impenetrable rostro, tras el cual se esconden tan mezquinos pensamientos! ¡Desgraciado! ¿Pues no has conocido cuán grande era mi abnegación? No quiero decirte por eso que me echarás de menos, no, Gilberto; pero me temerás y te avergonzarás al ver hasta dónde va a arrastrarme tu conducta, y el desprecio que de mí haces. Pudiera haber sido honrada; sólo me restaba una mano, una mano amiga que me detuviese en el borde del abismo, al que me inclino, resbalo y estoy próxima caer. Te he gritado: ¡ayúdame, sostenme!, y lejos de hacerlo, me has despreciado. Ya ruedo, caigo y me pierdo. Dios te tomará en cuenta este crimen. ¡Adiós, Gilberto! ¡Adiós…!

Alejóse la altiva joven, ni iracunda, ni impaciente, y terminó, como todas las naturalezas privilegiadas, dejando aparecer en la superficie toda la generosidad de su alma.

Gilberto cerró con tranquilidad la ventana, y entró en el interior de su cuarto, donde continuó la misteriosa ocupación interrumpida por Nicolasa.


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