JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico La doncella detúvose en la escalera antes de presentarse a su ama, para comprimir los últimos clamores de la ira que resonaran aún en su interior.
El barón, pasando junto a ella, la encontró inmóvil y pensativa, apoyada en una mano su mejilla, arrugado el entrecejo, y, a pesar de hallarse tan ocupado, al verla tan hermosa, no pudo reprimirse, y le dio un beso como lo hiciera M. de Richelieu a los treinta años.
AbstraÃda en su meditación la joven por tan atrevida galanterÃa, subió precipitadamente al cuarto de su ama, que estaba en aquel momento entretenida en cerrar un cofrecillo.
—Vaya —preguntó esta—, ¿has reflexionado ya?
—SÃ, señorita —contestó Legay resueltamente.
—¿Te casas?
—No, al contrario.
—¡Ah!, ¡bah!, ¿y ese amor tan firme?
—No vale lo que las bondades con que me favorecéis. Soy toda vuestra, y deseo serlo para siempre, ya que conozco tan bien al ama a quien me he entregado, y no sé si conocerÃa al amo que yo misma me diera.