JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Conmovióse Andrea con esta manifestación, que revelaba unos sentimientos que estaba tan lejos de esperar en su atolondrada doncella; y, aun cuando aquella desconocÃa que esta abrazaba aquel partido como su único recurso, sonrió alegre al hallar una criatura humana con mejores inclinaciones que ella se habÃa imaginado.
—Haces bien en dedicarte a mi servicio —repuso la hija del barón—, lo recordaré siempre: confÃame tu suerte, hija mÃa, y te prometo que si es dichoso el porvenir que me espera, tú tendrás también parte.
—¡Oh, señorita!, estoy decidida a seguiros.
—¿Sin sentimiento?
—Ciegamente.
—No te pregunto yo eso, y no quiero que llegue un dÃa en que puedas reconvenirme por haberme seguido sin meditarlo.
—Nada tendré jamás que reprochar a nadie, y, si tal ocurriese, a mà sola culparÃa.
—¿Has quedado conforme con tu novio?
—¿Yo? —dijo ruborizada la doncella.
—SÃ, tú; te he visto hablar con él.
Nicolasa mordióse los labios recordando que habÃa una ventana paralela a la de Andrea, desde la cual podÃa fácilmente verse la de Gilberto.
—Es cierto, señorita —contestó.
—Y le has dicho…