JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Le he dicho —replicó ásperamente aquella, figurándose que su ama trataba de examinarla—, le he dicho que ya no le quiero.
Aquellas dos mujeres parecÃan destinadas a no entenderse nunca, la una con su virginal pureza, y la otra con su natural tendencia hacia el vicio. Andrea siguió interpretando benignamente las desagradables contestaciones de su doncella.
El barón entretanto disponÃa su equipaje, que se componÃa del antiguo espadÃn que llevaba en Fontenoy, los pergaminos que acreditaban su derecho a montar en los carruajes de Su Majestad, una colección de la Gaceta, y ciertas correspondencias. Concluida la operación, colocó todo aquel tren bajo el brazo, y se dirigió hacia el carruaje.
La-Brie iba abrumado, y haciendo como si sudase mucho con el peso de un baúl, que llevaba casi por completo vacÃo.
Encontráronse a la salida al exento, que se habÃa ya bebido todo el lÃquido que contenÃa su botella durante aquellos preparativos, y corrÃa incesantemente desde el estanque a los castaños, deseoso de encontrar a la linda criada, cuya delgada cintura y bien torneada pierna, habÃan llamado su atención al verla atravesar presurosa el bosquecillo.