JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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M. de Beausire, ya dijimos que así se llamaba, fue interrumpido en su acecho por el barón, que le invitaba que mandara acercarse el carruaje.

Saludó respetuosamente, y cumplió su encargo con la mayor prontitud.

Adelantó entonces el coche, y La-Brie, satisfecho y alegre, depositó en él su cofre, murmurando al mismo tiempo con extraordinario júbilo, creyendo que nadie le escuchaba:

—¡Qué placer! ¡Voy a viajar en un coche real!

—Tanto no, mi buen amigo —replicó Beausire con aire de protección—, os situaréis detrás.

—Si viene con nosotros La-Brie —dijo Andrea a su padre—, ¿quién queda al cuidado del castillo?

—El filósofo holgazán.

—¡Gilberto!

—Sin duda; tiene escopeta…

—¿Y con qué ha de mantenerse?

—¡Con ella, pardiez! No pases cuidado, hija mía, que no lo ha de pasar muy mal. Lo que sobran son tordos y mirlos en Taverney.

Volvióse Andrea hacia Nicolasa, y al verla sonriente, la dijo:

—¿Ese es el sentimiento que demuestras, mal corazón?

—¡Oh, señorita! Es tan habilidoso, que nada debéis temer por él.


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