JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No obstante, es preciso dejarle uno o dos luises —dijo aquella a su padre.
—¿Para que se pervierta? Ya es bastante vicioso sin eso.
—No, para que pueda vivir.
—Le mandaremos algo, si nos lo pide.
—¡Bah! —dijo Nicolasa— podemos marchar descuidados: no ocurrirá nada.
—Sin embargo —replicó Andrea—, déjale tres o cuatro doblones.
—No los aceptará.
—¡Que no los aceptará! ¿Con que es tan orgulloso tu señor Gilberto?
—¡Ay!, gracias a Dios, ya no es mÃo, señorita.
—Vamos, vamos —dijo Taverney, interrumpiendo aquel diálogo, que ya molestaba su egoÃsmo—. Llévese el diablo al señor Gilberto; el coche nos aguarda; montemos, hija mÃa.
Andrea nada objetó; despidióse con una mirada del pequeño castillo, y penetró en el pesado y sólido carruaje. Su padre se colocó junto a ella. La-Brie, con su magnÃfica librea, y Nicolasa, que se hallaba tan tranquila como si no hubiese conocido jamás a Gilberto, se instalaron en el pescante.
—¿Y el caballero exento dónde se coloca?