JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —A caballo, señor barón, a caballo —contestó Beausire, observando al mismo tiempo de reojo a Nicolasa, cuyas mejillas se colorearon de satisfacción, al ver que habÃa reemplazado tan pronto a un rudo aldeano con aquel elegante jinete.
Poco después, bamboleábase el carruaje por los esfuerzos de cuatro vigorosos caballos, y los árboles de la alameda comenzaron a desfilar por ambos lados, desapareciendo uno tras otro, inclinándose tristemente con el soplo de un viento del Este, como haciendo la última despedida a sus dueños, que le abandonaban.
No tardaron mucho en llegar los viajeros a la puerta cochera.
Junto a ella estaba Gilberto, inmóvil, con el sombrero en la mano; dirÃase que a nadie miraba; pero veÃa a Andrea, que asomada a la portezuela del lado contrario, deseaba contemplar todo el tiempo que le fuera posible, aquella triste y querida morada.
—Un momento —gritó Taverney al postillón.
—¡Hola, señor holgazán! —dijo luego que aquel hubo obedecido—, vais a vivir contento. Ahà os quedáis solo; asà debe vivir un verdadero filósofo. Nadie podrá en lo sucesivo reprenderos; y nada tenéis que hacer. Tened cuidado siquiera de que no se incendie el castillo mientras dormÃs, y os recomiendo a Mahón.