JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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El joven inclinóse con respeto. Experimentaba un peso insoportable, y temía cual el contacto de un hierro ardiente tropezar con la mirada de su examante, y ver su sonrisa triunfante e irónica.

—¡Anda, postillón! —gritó Taverney.

Mas Nicolasa, en vez de reír como imaginaba Gilberto, necesitó todas sus fuerzas y valor para no gritar, condoliéndose de aquel desventurado a quien abandonaban, sin pan, sin porvenir y sin consuelo, y tuvo que mirar, para distraerse, a M. de Beausire, no pudiendo ver que Gilberto devoraba con su vista a Andrea.

En nada se fijó la hija del barón, pues al través de sus lágrimas, únicamente contemplaba aquella casa en que había nacido, y donde su madre exhalara el último aliento.

Desapareció el coche, y los viajeros, que un momento antes pensaban en Gilberto, comenzaban ya a olvidarle por completo.

Parecióles haber entrado en un mundo nuevo al atravesar por última vez el umbral del castillo, y cada uno tenía un pensamiento que interiormente le ocupaba.

Iba el barón pensando que podrían fácilmente prestarle cinco o seis mil francos por la vajilla de Balsamo.

Andrea recitaba en voz baja una oración que su madre le había enseñado, para ahuyentar al demonio del orgullo y de la ambición.


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