JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Nicolasa cerraba su pañoleta, que el viento no separaba todo lo que hubiera deseado M. de Beausire.
La-Brie contaba los diez luises de la reina y los dos de Balsamo en el interior de su bolsillo.
Cuando sus amos hubieron salido de Taverney, cerró Gilberto la puerta, corrió hacia su cuarto, y sacó un lío de ropa que ocultaba tras una cómoda de roble. Introdujo después la punta de su bastón por los nudos de una servilleta en que lo tenía envuelto, y descubriendo su cama, que se componía de un catre y un jergón de paja, descosió este, y sacó un papel doblado que encerraba un escudo de seis francos. Eran quizá todos sus ahorros de tres o cuatro años.
Desdobló el papel, para convencerse de que no se lo habían cambiado, y, envolviéndolo nuevamente, lo guardó en uno de los bolsillos de sus calzones.
Entretanto, Mahón se desesperaba saltando hasta donde se lo permitía la cadena a que estaba sujeto, aullando al mismo tiempo al ver que se marchaban todos sus amigos, y adivinando con su admirable instinto que Gilberto iba a abandonarle también, redoblaba por momentos sus lastimosos ladridos.
—¡Calla, Mahón! —le gritó el joven.
Y sonriendo de aquel contraste que se presentaba a su vista, agregó:
—Si me han abandonado como a un perro, ¿por qué no te he de abandonar yo como a un hombre?