JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—¡Dios mío!, si lo que yo también pretendo, es que se haga justicia; pero con imparcialidad. Si un hombre ha cometido un crimen, que se le castigue; pero si es inocente, ¿por qué se le ha de imputar?

Y al pronunciar estas palabras, Luis XV miraba a la condesa, deseando recobrar, si era posible, la alegría que experimentaba al despertar.

La favorita era tan bondadosa, que se compadeció del rey cuya ociosidad le tenía triste y aburrido en todas partes excepto a su lado, y volviéndose, pues ya había comenzado a dirigirse hacia la puerta, dijo con hechicera resignación:

—¿Exijo yo acaso otra cosa?, pero deseo que no se rechacen mis sospechas cuando las expreso.

—Vuestras sospechas son sagradas para mí —repuso el rey—; y ya veréis hasta dónde llega mi deseo de hacer justicia, si se confirman. Pero ahora que recuerdo… hay un recurso muy sencillo.

—¿Y cuál, señor?

—Que llamen a M. de Choiseul.

—Sobradamente sabe Vuestra Majestad que nunca viene aquí; se desdeña de entrar en el aposento de la amiga del rey. Su hermana, al contrario, bien lo desea.

—M. de Choiseul sigue las huellas del príncipe heredero para hacérsele agradable —añadió la favorita, advirtiendo que el rey se reía—. Nadie quiere compromisos.


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