JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —El prÃncipe es muy religioso, condesa.
—Y M. de Richelieu un hipócrita.
—Os repito, querida amiga, que vais a tener la satisfacción de verle, porque le voy a mandar llamar. Se trata del servicio del Estado; no podrá excusarse, y le obligaremos a explicarse en presencia de Chon, que es testigo ocular. Va a ser un careo: asà se le llaman en el palacio de justicia; ¿no es cierto, Sartine? Que vayan a buscar a M. de Choiseul.
—Y a mÃ, que me traigan mi titÃ, Dorotea, mà titÃ, mi tità —gritó la condesa.
A estas palabras, dirigidas a la camarista que se encontraba en la pieza de tocador, y que pudieron ser oÃdas desde la antecámara, puesto que fueron dichas en el momento mismo en que se abrÃa la puerta para dar paso al ujier enviado a casa de M. Choiseul, una voz cascada respondió tartamudeando:
—El tità de la señora condesa, soy yo sin duda; presentóme, corro, heme aquÃ.
Y se vio llegar a un hombre de pequeña estatura, jorobado y risueño, vestido con la mayor magnificencia.
—¡El duque de Tresmes! —gritó impaciente la condesa—; ¿quién os ha llamado, duque?