JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Señora —contestó este saludando a un mismo tiempo al rey, a la favorita y al subdelegado—; pedÃais un titÃ, y como seguramente no hay entre los cortesanos mico más feo que yo, no dudé que me llamabais a mÃ, y he entrado sin vacilar.
Y al concluir la frase, se echó a reÃr, mostrando unos dientes tan largos, que la condesa no pudo menos de acompañarle en su hilaridad.
—¿Permanezco? —interrogó como si fuese el favor que más hubiera ambicionado en su vida.
—El rey os lo dirá, señor duque, él es dueño soberano aquÃ.
Volvióse con aire suplicante hacia Luis XV.
—Quedaos, duque, quedaos —dijo este deseoso de multiplicar distracciones a su alrededor.
El ujier de servicio abrió la puerta en aquel momento.
—¡Ah! —preguntó el rey con cierto aire de disgusto—, ¿es M. de Choiseul?
—No, señor —contestó aquel—, es Monseñor[17] que desea hablar a Vuestra Majestad.
Dio la favorita un brinco de alegrÃa, suponiendo que el prÃncipe pretendÃa amistarse con ella: pero Chon, que estaba en todo, arrugó el entrecejo.
—¡Y bien!, ¿dónde está el prÃncipe? —preguntó impaciente el monarca.