JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —En la cámara de Vuestra Majestad, esperando que Vuestra Majestad regrese.
—Mi destino me impone el tormento de no disfrutar un instante de tranquilidad —murmuró el rey.
Pero se alegró recordando que la audiencia que el prÃncipe solicitara, le evitaba por el pronto, al menos su escena con M. de Choiseul.
—Podéis decir que voy —añadió—, decid que voy. ¡Adiós, condesa, ved cuán desgraciado soy! Todos me reclaman privándome de vuestra compañÃa.
—¡Vuestra Majestad se retira —exclamó la favorita—, cuando va a llegar M. de Choiseul!
—¿Qué queréis?, ¡paciencia! El rey es el primer esclavo. ¡Ah!, ¡si supieran los señores filósofos lo que es ser rey!, ¡y sobre todo, rey de Francia!
—Pero, señor, esperad.
—¡Oh!, no puedo hacer esperar al prÃncipe, pues no ha faltado ya quien haya murmurado que amo sólo a mis hijas.
—¿Y qué voy a decirle a M. de Choiseul?
—Que vaya a buscarme a mi aposento.
Como deseaba evitar toda observación, besó la mano de la condesa, que temblaba de cólera, y desapareció corriendo, según acostumbraba cada vez que temÃa perder el fruto de alguna batalla ganada con sus astucias y nada delicadas contemplaciones.