JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Al notar tan repentina muerte, tan fulminante apoplejía, el joven príncipe olvidó por completo el motivo de su venida y hasta el tiempo pasado desde que esperaba; olvidó también que la hora no es lanzada en la eternidad por los movimientos de una péndola, o retardada sobre el declive de los tiempos por la inopinada detención de un movimiento de metal, sino que está bien determinada en el reloj eterno, que ha precedido a los mundos, debiendo sobrevivirles, por la mano invariable del Todopoderoso. Consiguió abrir la puerta de cristal de la Pagoda, donde dormía el Genio, y miró al interior del reloj, para ver desde más cerca. Incómodo en su observación, por la péndola, deslizó con cuidado sus adiestrados dedos por la abertura, logrando descolgarla; pero no le fue posible descubrir el motivo que ocasionara aquel letargo.
Creyendo entonces que el relojero del palacio había tal vez olvidado armar aquel reloj, y que se había parado naturalmente, tomó la llave colgada en su zócalo, y comenzó a subir los resortes con todo el aplomo y destreza de un hombre perito; pero hubo de detenerse a la tercera vuelta, prueba de que aquella paralización era motivada por algún imprevisto accidente, y el resorte, aunque tirante, no hizo movimiento alguno.