JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Mucho, muchísimo duran en el día los pleitos, pero, en fin, sin vivir la edad de un patriarca, el que se decide a entablar alguno, puede hacerlo esperando ver la sentencia, mientras en otros tiempos duraba dos o tres generaciones, y semejante a esas plantas fabulosas de Las Mil y una Noches, no florecían hasta después de doscientos o trescientos años.

La señora de Béarn no tenía intención, pues, de consumir el resto de su patrimonio, para recuperar las diez duodécimas partes empeñadas. Según hemos ya dicho, era una mujer sagaz, prudente, fuerte, avara, y hubiera podido, con seguridades de acierto, emplazar, defender y ejecutar, mejor que cualquier procurador o abogado; pero se llamaba Béarn, y este nombre le dificultaba muchas cosas.

Por esta causa, atormentada por sentimientos y angustias mortales a semejanza del divino Aquiles, que, retirado en su tienda, sufría mil muertes a cada toque del clarín, madame de Béarn pasaba los días en interpretar, con sus anteojos en la nariz, antiguos pergaminos; y sus noches, envuelta en un traje de persiana y con su cana cabellera al aire, en defender ante su almohada la causa de aquella sucesión, reclamada por los Saluces, causa que siempre ganaba con una elocuencia que le satisfacía tanto, que en semejante momento hubiera deseado con ahínco que su abogado pudiese poseerla.


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