JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Deseáis hablar con su excelencia, señora? —preguntó el ujier.
—Deseaba ese honor, sin atreverme a esperar que me fuese otorgado.
—Tened la bondad de seguirme, señora condesa.
—Tanto como se habla en descrédito de este magistrado —decÃa para sà la condesa mientras seguÃa al ujier—, y sin embargo tiene una cualidad muy apreciable: tener franca su puerta a todas horas. ¡Un canciller…!, ¡es muy extraño…!
A pesar de todo temblaba pensando dar con un hombre más intratable e indigesto, porque habÃa merecido este privilegio por su asiduidad en el cumplimiento de su deber.
Oculta la cabeza bajo una ancha peluca y vestido con su traje de terciopelo negro, M. de Maupeou trabajaba en un gabinete, cuyas puertas estaban de par en par abiertas.
Al entrar dirigió la condesa una rápida ojeada alrededor, y quedó asombrada al ver que estaba sola, y que su semblante y el del canciller, pálido y aterrado, se reflejaban tan sólo en los espejos.
Asà que anunció a la señora condesa de Béarn, levantóse M. de Maupeou prontamente, quedando de espaldas a su chimenea.