JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—¿Nada más que la palabra de Gastón IV? No señora; pero es de notar, que le apellidan el Irreprochable.

—Sin embargo, nuestros contrarios tienen la escritura.

—Es claro, y justamente he ahí lo que embrolla el pleito.

Si hubiese dicho madame de Béarn lo que le aclara, hubiera estado en lo cierto; pero ella veía las cosas bajo el punto de vista que mejor le acomodaba.

—Así es —repuso el vizconde—, tenéis el convencimiento de que los Saluces están ya pagados.

—Sí, señor vizconde —replicó la vieja con ahínco—, convencidísima.

—¿Sabes, Juan —dijo la condesa—, que según mi parecer, esa deducción, como dice madame de Béarn, cambia completamente el aspecto del negocio?

—Completamente, sin duda —repuso el vizconde.

—Sí, cambia de un modo terrible para mis enemigos —añadió la condesa—: Los términos del testamento son terminantes: no debiendo nada a los hombres.

—Es que no tan sólo claros, sino lógicos —continuó Juan—. No debía nada a los hombres; luego había pagado lo que les debía.

—Efectivamente: había pagado —repitió también madame Du Barry.


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