JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Ay, señora!, ¡si fueseis mi juez! —exclamó la litigante.
—En otro tiempo —dijo el vizconde—, no hubieran acudido al tribunal en circunstancias como estas, y el juicio de Dios hubiera decidido. Estoy tan persuadido por mi parte de la justicia de vuestra causa, que juro, que sà en el dÃa estuviesen en práctica esos combates, me ofrecerÃa a ser campeón vuestro.
—¡Oh!, ¡caballero…!
—Sin duda alguna; bien que no harÃa en este caso más de lo que hizo mi abuelo Du Barry Moore, quien tuvo el honor de aliarse a la familia real de los Estuardos, ofreciéndose a combatir en palenque por la joven y hermosa Edith de Scarborough, apremiando a su contrario a declarar que mentÃa como un bellaco; pero por desgracia —continuó el vizconde suspirando con tristeza— ya no vivimos en aquellos gloriosos tiempos, y los hidalgos deben someter hoy sus causas al juicio de un hato de golillas, que ni siquiera interpretan bien una frase tan clara como esta: No debiendo nada a los hombres.
—Debes, a pesar de todo, tener presente, querido hermano —se atrevió a decir madame Du Barry—, que hace ya trescientos años que se escribió esa frase, y es preciso no olvidar lo que los tribunales llaman, según creo, prescripción.