JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No importa, no importa —repuso Juan—, estoy seguro de que si Su Majestad oyese a la señora defender su pleito, como lo ha defendido delante de nosotros…
—SÃ, sÃ, quedarÃa convencido, ¿no es verdad?, estoy muy segura, señor vizconde.
—Y yo también.
—SÃ, ¿pero cómo alcanzaré que me oiga?
—SerÃa necesario que me hicierais el honor de visitarme un dÃa en Luciennes, y como Su Majestad me favorece con frecuencia…
—No hay duda, querida mÃa, pero eso depende de la suerte.
—Vizconde, vamos —repuso con halagüeña sonrisa la condesa—, bien sabes que confÃo bastante en ella, y que no tengo motivo alguno para quejarme.
—En verdad es que la suerte puede hacer que en ocho, quince o veinte dÃas no pueda ver esta señora a Su Majestad.
—Es cierto.
—Y se verá su pleito el lunes o martes.
—El martes, señor vizconde.
—Y ya es viernes hoy —dijo la condesa casi desesperanzada—, no podemos contar con eso.
—¿Cómo arreglarnos? —dijo el vizconde sumergido al parecer en una profunda meditación—. ¡Qué diablos…!