JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Oh!, eso le desagradarÃa mucho, vizconde.
—Es verdad.
—Nada, olvida eso.
La vieja exhaló tristemente un suspiro.
—Es sensible —prosiguió el vizconde como hablando consigo mismo—; todo estaba ya tan bien arreglado… Esta señora, que tiene un nombre distinguido y es persona de talento, se ofrecÃa a ocupar el lugar de la baronesa de Alogny. El pleito se fallarÃa conforme a sus deseos, su señor hijo obtendrÃa una tenencia en la real casa, y como esta señora ha hecho grandes gastos en sus diferentes viajes a ParÃs con motivo del pleito, se le concederÃa una indemnización. ¡Ah!, tan feliz oportunidad no se presenta dos veces en la vida.
—¡Ay!, ¡bien seguro que no! —exclamó sin poder contenerse la condesa, sobrecogida por aquel golpe imprevisto. Es necesario conocer que cualquiera que se hubiese encontrado en la situación de la pobre condesa habrÃa prorrumpido en la misma exclamación, quedando lo mismo que ella, abismada en un sillón.
—¿Lo ves, Juan? —dijo la condesa con profunda conmiseración—, ¿estás viendo cómo has disgustado a esta señora? ¿No bastaba que yo la hubiese probado que nada podÃa con el rey antes de mi presentación?
—¡Ay!, ¡si yo pudiese demorar mi pleito!
—Aunque no fueran más de ocho dÃas —añadió Du Barry.