JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —SÃ, ocho dÃas eran bastantes, pues entonces ya habrÃa podido verificarse la presentación de vuestra hermana.
—Ya, pero el rey concurrirá a las fiestas de Compiègne, porque la princesa habrá ya tal vez llegado.
—Evidente —dijo Juan—, pero…
—¿Qué?
—Esperad… se me ha ocurrido otra idea.
—¡Veamos!, ¡exponedla, señor! —exclamó la litigante.
—Paréceme que sÃ; ¡no, sÃ, sÃ!
Madame de Béarn pronunciaba con indecible ansiedad los monosÃlabos de Juan.
—¿Creéis que sÃ, señor vizconde? —preguntó.
—Ya creo haber hallado un medio que allane todas las dificultades.
—¿Cuál es?
—Prestadme atención.
—Ya oÃmos.
—¿No es todavÃa un secreto para todos tu presentación?
—Sin duda, y sólo esta señora…
—¡Por mi parte podéis estar descuidada! —exclamó la litigante.
—¿Es decir, que nadie sabe que has encontrado madrina?